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22/1/17

Bachelet hará bien con irse

La dos veces Presidenta de Chile y fenómeno electoral chocó contra una oposición “perfecta”: aliados divididos por sus reformas, institucionalidad contraria a los cambios profundos y todavía pinochetista, “clase” política desprestigiada y perseguida judicialmente -aunque no por eso deprimida-, un escándalo que le compromete familiarmente, electores volubles al primer tropiezo al menos en las encuestas, un proceso llamado constituyente y renuencia propia a asumir el costo personal de su propuesta.

Obviamente, está absoluta y totalmente descartado continuar en la política chilena, desde el punto de vista de cargos de representación. Ya es suficiente”, anunció semanas atrás la Presidenta Michelle Bachelet, quien hace sólo tres años se cansó de ganar elecciones y quería cambiar Chile. Si la causa es la invencible resistencia a sus reformas, el escándalo judicial de su nuera y la pérdida de apoyo en la opinión pública, probablemente la posibilidad de volver a su exitosa carrera internacional -un atractivo común a los políticos nacionales de alto rango- le devuelve el entusiasmo.

El pasado lunes 16, Bachelet recibió las llamadas “Bases ciudadanas para una nueva Constitución”, acto previo al envío de dos proyectos de ley, uno que contendrá el texto de una Carta Magna y otro que habilitará al Congreso para fijar el mecanismo de tramitación. Está consciente, sin embargo, de que este nuevo intento, el más trascendente de su programa de gobierno, podría tener peor suerte aún que los anteriores.

Ella misma partió descalificando en privado la capacidad de la ciudadanía chilena para asumir con conocimiento y determinación la complicada tarea de definir un texto constitucional, tanto en su contenido como en su forma. Ante eso, creó un procedimiento simplista, restrictivo y controlado por el gobierno. Promovió la idea del derecho popular constituyente pero no se jugó por ella; comentó públicamente su conveniencia, pero no impulsó su difusión y debate masivos, especialmente a través de los medios de comunicación. Aunque reconoció en su programa que definir el contenido de una nueva Constitución “corresponde al pueblo en su conjunto”, dejará la decisión previa más importante, el cómo será redactada, a criterio del Congreso -el actual y el próximo-, a sabiendas de que la oposición de derecha no está interesada en el tema y se marginó del proceso, y que dentro de su propia coalición, la “Nueva Mayoría”, no existe consenso al respecto.

Como sus partidarios y asesores lo saben sin decirlo, su “proceso constituyente” nunca fue tal, sino un mero plan gubernamental diseñado para obtener opiniones populares más o menos procesadas, que permitieran declarar pomposamente que “se escuchó a la ciudadanía” antes de encargarse de la redacción unilateral del texto, para luego delegar la responsabilidad en los parlamentarios.

Vergüenza

Bachelet ha eludido la democracia directa y la auténtica participación político-social, nacional, libre y autónoma, cuya principal herramienta es la Asamblea Constituyente. Ha tergiversado así sus propias ideas declaradas y fortalecido los prejuicios que asimilan a aquélla con naciones empobrecidas y sistemas políticos en conflicto y no con el mundo progresista y desarrollado.

Recordó –se supone que hablando seriamente- que en las anteriores Constituciones participaron unas cuantas personas y que en la suya lo han hecho 204 mil (en Chile hay 13 millones de electores). ¿Se lucirá contando eso en el exterior, excluyendo, claro está, a sus mirados en menos colegas no neoliberales que sí encabezaron procesos constituyentes?

Junto con el pobre concepto de los dirigentes políticos acerca de sus dirigidos, a quienes conceden sólo el derecho a elegir, no a decidir, lo más irritante y avergonzante en este caso es el hecho que decisiones tan trascendentes como una nueva Constitución queden en manos de una “clase” política denostada, cuyo principal predicamento ha sido privilegiar a una elite transnacional y cumplir con las potencias globalizadoras; que, conforme con esto, ha empujado a sus conciudadanos hacia el individualismo consumista para evitar que una eventual intervención colectiva organizada cambie las cosas y que, para colmo, tiene a la justicia sobre ella por financiamiento empresarial ilegal y sistemático. De todo ello, pese al giro de su segunda administración, la Presidenta no ha sido eximida.

La supervivencia y -en menos casos- la prosperidad económica, conseguidas dentro, al filo o fuera de la ley y la ética, siguen siendo la imagen más latente del Chile del siglo XXI.

¿Y los movimientos sociales?

¿Qué o quiénes podrían asegurar a un proyecto de nueva Carta Fundamental mejor destino que el de otros de no tanta envergadura, que han terminado abatidos o deformados por guardianes de la herencia del dictador o estrellándose contra la institución garante de ella, el Tribunal Constitucional?

Las mayores manifestaciones populares de los últimos años, las protestas por la educación y la previsión social, se concentraron en intereses sectoriales, como si ésos y otros problemas nacionales no dependieran de la todavía vigente Constitución promulgada por Pinochet en 1980. El Movimiento por la Asamblea Constituyente, que, carente de ese decisivo apoyo y con pocos recursos, logró poner este tema en la mesa de discusión pública, decayó tras el 8 por ciento conseguido por el marcado del voto en 2013 y quedó atónito en 2015 ante la “original” convocatoria constituyente presidencial. Tampoco se ha vuelto a saber de los diputados de la llamada “Bancada AC”. Sólo algunos bacheletistas hacen sentir su voz… más bien complacientemente.

Codazos preelectorales

Mientras tanto, los representantes oficiales del sentir ciudadano prefieren entregar sus energías a una carrera presidencial anticipada, personalista y sin ideas, a vista y paciencia de quienes parecen condenados a darles, por enésima vez, su voto legitimador y también de quienes se restan deliberadamente de tales discusiones, percibiendo que no son éstas lo que les genera prosperidad y patrimonio.

En todo este caos controlado, las opiniones generales de aquellos chilenos que participaron en los Encuentros Locales Autoconvocados (ELA) y los cabildos provinciales y regionales parecen un remanso de sentido, aunque estén muy lejos de pertenecer a un proceso efectivamente constituyente y aunque su autora sea una Presidenta ahora “dimisionaria” y mirando hacia el extranjero.

El año pasado se mencionó a Bachelet como una posible candidata a la secretaría general de las Naciones Unidas. Quizá eso resulte menos engorroso que representar hoy a este pequeño país.

Julio Frank S.

Foto: Michelle Bachelet, intervención oficial, 29-1-2016.