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26/4/17

Enmudecidos (aún) ante el chileno más poderoso

Murió el magnate que, sin recibir votos ni empuñar personalmente armas, consiguió que la sociedad chilena fuera encauzada según sus particulares intereses y lo aceptara sin chistar: Agustín Edwards Eastman.

Una mudez intranquila reinaba en este alargado territorio austral, atravesando políticos de diverso estatus, empresarios concentrados o independientes, medios de comunicación convencionales y, por consecuencia, al transeúnte anónimo. Agustín Edwards Eastman, el magnate de las comunicaciones más influyente en el curso de la política y la sociedad chilenas del último medio siglo, ya no podía estar en pie a sus 89 años de edad y se encontraba en estado de coma inducido. Contrariamente a lo que ocurre con los grandes personajes, esta vez la noticia no se “viralizó” hacia a los medios tradicionales, donde no hubo siquiera alusiones, y cuando falleció –el pasado lunes 24-, sólo las insustituibles redes sociales subieron el tono. Emol.com, el hijo cibernético de El Mercurio, publicó la noticia sólo al día siguiente y deshabilitó los (habitualmente ácidos y agresivos) comentarios para los visitantes.

No se trata de un chileno cualquiera. Cuando Pinochet y sus fuerzas golpistas bombardeaban la sede de gobierno el 11 de septiembre de 1973 y anticipaban una dictadura de ferocidad desconocida en Chile, tres años antes Edwards Eastman había ido a Estados Unidos a alertar sobre el peligro de un régimen marxista en el cono sur americano. Mientras el periodismo “de trinchera”, agresivo y confrontacional, desaparecía arrasado por las balas, El Mercurio, su gran empresa periodística, era liberado de una amenaza y comenzaba a saborear el negocio aparentemente fácil de un monopolio impuesto y seguro. Y cuando, en los años finales de la dictadura, se creía que el decano de la prensa nacional, fruto de una inminente quiebra, caería en manos del Estado justamente cuando éste iba a ser administrado por los vencedores de Pinochet en el plebiscito, el propio dictador le tendió una mano no sólo para salvarlo, sino también para asegurar su prosperidad futura.

Siempre un paso delante de los demás; siempre con una carta favorable lista para ser jugada oportunistamente.

Sus políticos

La figura y la empresa de Edwards Eastman han sido reflejos tanto de los hechos que partieron en dos la historia nacional -el golpe de estado y la dictadura- como de la herencia emanada de éstos. El gobierno de la Unidad Popular enfrentó dos oposiciones: una abierta y frontal, la partidista con apoyo social, y otra encubierta, las estrategias y maquinaciones desestabilizadoras, tanto internas como foráneas, a las cuales El Mercurio contribuyó, según el informe del propio Senado estadounidense. Después, el nacionalismo con que parecieron vestirse los jefes militares terminó por sucumbir ante las presiones de sus asesores neoliberales por una economía abierta y basada en el capital privado y extranjero. Y desde 1990, los gobernantes civiles, que insistieron en el viejo sistema de democracia representativa, han acatado los cerrojos constitucionales dejados por Pinochet, destinados principalmente a impedir que una mayoría electoral pueda derogar las bases autoritarias impuestas, entre ellas, la privatización de los recursos estatales.

Los responsables de la conducción de este país y los aspirantes a serlo, cualquiera fuere su color partidario, leen con circunspección los periódicos mercuriales, reaccionan con alarma cuando sus informaciones y editoriales complican su carrera política y corren a retratarse en sus anchas páginas cuando son invitados a opinar sobre una materia que al anfitrión interesa promover (incluso sobre temas livianos, como cuáles son sus mascotas favoritas). Andrés Allamand, actual senador (de derecha), está en condiciones de señalar el autoexilio como una consecuencia política de indisponer al magnate; los periodistas autores de investigaciones sobre él, por su parte, no necesitan hablar sobre los costos profesionales de ello.

Los propios Presidentes concertacionistas, tan acérrimos opositores a Pinochet como se mostraron, ni Piñera, quien, según propia declaración, rechazó la posible continuidad del dictador en 1988, han eludido mencionar –y más aún, enjuiciar- la prolongada y decisiva influencia política y comunicacional de Edwards Eastman y El Mercurio en el derrocamiento de Allende, la dictadura cívico-militar y la postdictadura.

A cambio de un silencio de esa magnitud, la llamada “clase” política chilena goza hoy de los beneficios legales de un Estado que, debilitado y todo, es obligado, por ejemplo, a financiar las campañas de todo tipo de candidatos, así como de los favores, legales o no, de un conjunto de consorcios empresariales beneficiarios de sus leyes y decretos.

Su prensa

Durante 27 años de democracia “protegida”, la empresa El Mercurio ha enfrentado un solo competidor, Copesa, y sólo en el terreno económico, ya que la única diferencia ideológica observable entre ellos es que uno es menos liberal que el otro. Su influjo corporativo sobre los gobiernos de la ex Concertación fue suficiente para que éstos concentraran en ambos los fondos estatales en avisaje y evitaran cualquier “tentación” de promover medios nuevos o emergentes (el diario estatal La Nación, además, fue cerrado por el gobierno de Piñera). El Mercurio y Copesa conforman el llamado “duopolio de la prensa escrita”, que concentra a los únicos diarios chilenos de circulación nacional.

En la prensa en general, dicho duopolio dicta la pauta informativa diaria a través de sus artículos, crónicas, reportajes y editoriales, mientras muchos periodistas sirven a empresas privadas e instituciones públicas como asesores de prensa o consultores en comunicación, la especialidad periodística favorecida por el sistema. El reporteo de noticias libre e independiente -en el cual no tardan en aparecer grietas de la política partidista y el juego económico- queda relegado a una precariedad notable, poco trascendente y limitada a escasas radioemisoras y periódicos virtuales. Los periodistas que se “arriesgan” públicamente con su opinión personal son excepciones, aislados por una línea aparentemente “objetiva” del resto que, en la práctica, no es más que acatamiento irrestricto del marco político-económico mercadista imperante.

Un ejemplo palmario es el de los periodistas conductores de noticias radiales: presionados por las urgencias de los avisadores, deben transformarse paralelamente en locutores comerciales dentro de sus programas sin tener que dar explicación alguna al respecto. Dicha práctica carga con una antigua prohibición ética del Colegio de Periodistas, el que, sin embargo, no puede hacer mucho ante quienes no pertenecen a sus registros. Ni siquiera cuando expulsó a Agustín Edwards Eastman, hace dos años, luego de un sumario sobre el comportamiento ético de éste durante la pasada dictadura, su sanción alcanzó eco en la dirigencia política y la prensa “libre”.

En tanto, los encargados de entregar la formación académica y orientar los afanes profesionales, las universidades, tampoco pueden contrarrestar la realidad instalada, pues son empresas privadas o instituciones autónomas y cumplen con proporcionar una base teórica cuyo ejercicio dependerá del mercado.

Su país

Dada la manifestación de un poder tan unilateral y supremo, ¿qué podría esperarse de simples ciudadanos, puntualmente cuando hoy ven, algunos atónitos, otros amedrentados, cómo preparados ejecutivos financieros, políticos de alto rango, legisladores avezados, empresarios de tradición y hasta uniformados de prestigio se apropian indebidamente de millonarios dineros ajenos, públicos y privados, mientras los votantes son llamados, una y otra vez, a elegir a sus máximas autoridades como si nada de eso fuera importante?

Poco se puede exigir a millones de personas sin alternativa, que son atraídas por las facilidades de acceso al progreso material ofrecidas por este sistema, aun vía sobreendeudamiento. Chile se ha convertido en una patria marcadamente materialista e individualista, donde lo fundamental es la economía privada, no la política pública ni la vida en sociedad. De ahí tantos productores y consumidores de cualquier cosa, tanta dedicación exclusiva a sus propios asuntos y tan pocos interesados en lo que hay más allá del hogar y del trabajo.

No es extraño que el nombre de este país resuene masivamente sólo cuando juega su exitosa selección de fútbol…

Menos a él

Paradigma empresarial polémico, pero paradigma al fin, Agustín Edwards Eastman terminó disfrutando de un país de economía libre y abierta al mundo por la que él luchó personalmente. El país de los grandes consorcios multinacionales y monopolizadores que se nutren del consumismo popular; el de un “arte” de gobernar aferrado a la propiedad privada; el de la política sólo para los políticos y del derecho preferente del ciudadano a elegir y consumir, no a participar ni a cultivarse.

Uno de los jerarcas socialistas sobrevivientes a la dictadura, Carlos Altamirano, sugirió hace algunos años que en este país se puede denostar y vociferar libremente contra Augusto Pinochet, pero contra él…

Julio Frank S.

Imagen: Titular del diario La Segunda, de la Empresa El Mercurio, 9-2-1977.