31 de agosto de 2007 25 de octubre de 2020 * 15 y 16 de mayo de 2021 4 de julio de 2021 4 de julio de 2022

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4 de septiembre de 2022

CHILENOS Y CHILENAS A UNA RAYA DE TERMINAR DE HACER HISTORIA

La opción “Apruebo” del plebiscito de este domingo significa consagrar una Constitución Política redactada democráticamente por primera vez en el país y derogar la promulgada por Pinochet.

Nosotras y nosotros, el pueblo de Chile, conformado por diversas naciones, nos otorgamos libremente esta Constitución, acordada en un proceso participativo, paritario y democrático”, dice el preámbulo de la primera propuesta de Constitución Política redactada en forma democrática en la historia nacional.

Y su Artículo 1:

“Chile es un Estado social y democrático de derecho. Es plurinacional, intercultural, regional y ecológico”.

“Se constituye como una república solidaria. Su democracia es inclusiva y paritaria. Reconoce como valores intrínsecos e irrenunciables la dignidad, la libertad, la igualdad sustantiva de los seres humanos y su relación indisoluble con la naturaleza”.

“La protección y garantía de los derechos humanos individuales y colectivos son el fundamento del Estado y orientan toda su actividad. Es deber del Estado generar las condiciones necesarias y proveer los bienes y servicios para asegurar el igual goce de los derechos y la integración de las personas en la vida política, económica, social y cultural para su pleno desarrollo”.

Esa inspiración constituyente parece mejor aún que la que muchos chilenos y chilenas que anhelan cambiar su historia –entre los que se incluye el autor de esta nota- hubieran podido esperar de la Propuesta de Constitución Política de la República de Chile 2022, que será sometida a plebiscito de salida este domingo 4 de septiembre.

Personalmente, es la culminación de quince años ejercicio profesional independiente destinado simplemente a informar y orientar acerca de un proceso sin precedentes y, por lo tanto, desconocido para la mayoría de la población hasta hace poco tiempo debido a indiferencia de sus conductores políticos.

Un catálogo de derechos fundamentales inspirado en estándares internacionales de derechos humanos y sociales; la incorporación paritaria de las mujeres, así como de niños, niñas y adolescentes, pueblos originarios, diversidades sexuales y otros sectores postergados; una normativa sobre defensa y protección de la naturaleza como tal y como proveedora de recursos para nuestra existencia; un sistema político que apunta centralmente a la participación directa de la ciudadanía en decisiones finales y un sistema de administración regional verdaderamente descentralizado, junto a instituciones autónomas ya existentes, conforman parte de un largo texto destinado a superar por fin una institucionalidad impuesta en dictadura y el que intenta abarcar, con amplitud y detalle a la vez, las aspiraciones de quienes habitamos con la misma nacionalidad este y otros territorios, además de interpretar el sentido de vida de un país al final ya del primer cuarto del siglo XXI.

Sobre ese articulado y el proceso que condujo a él, incluyendo el plebiscito de entrada de 2020 y la elección de convencionales constituyentes de 2021, se ha escrito precisamente en este blog, en varios casos mediante una reproducción textual de determinadas normas.

Acto cívico y épico

Si todo lo alcanzado hasta ahora hubiera sido el resultado de un bien informado y debatido proceso constituyente, se habría cerrado brillantemente un círculo virtuoso. Sin embargo, influyentes sectores del país, con intereses distintos a los aprobados por amplia mayoría constituyente, fueron reticentes o simplemente se restaron. La derecha política, heredera de la Constitución de Pinochet, sólo cedió presionada por un estallido social. El gran empresariado, así como sus medios de comunicación afines de mayor cobertura, terminó coincidiendo con ella y de este modo el camino hacia una nueva Constitución y, finalmente, el texto mismo fueron objeto de dudosos juicios.

Las dos opciones en juego –“Apruebo” y “Rechazo”- son constitucionalmente válidas. La primera sanciona la aprobación de una nueva Constitución para Chile; la segunda, la mantención de la promulgada por Pinochet en dictadura en 1980 y reformada por Ricardo Lagos en 2005. Esta última opción, no obstante, fue promovida mediante una anticampaña, basada en duros ataques y falsedades desde diversos frentes y carente de argumentos, lo que entrabó y ensució el debate.

Quienes aprueben, en consecuencia, tendrán que ir más allá de su deber cívico y asumir una participación más bien épica.

El voto es obligatorio. Las mesas se abrirán, como siempre, a las 8 de la mañana y cerrarán sólo cuando el último elector o electora frente a ellas en el límite horario haya sufragado. Algunos vaticinios hablan de más de ocho millones y hasta de más de doce millones de posibles votantes, una participación electoral también inédita.

Suerte para todos los que deseamos construir un nuevo y mejor Chile.

Julio Frank Salgado

Imagen: Lectura del nuevo texto constitucional, Plaza de la Constitución, Santiago, 18-8-2022. J.F.S.

13 de junio de 2022

Por primera vez hacia la consagración de la plurinacionalidad


La Convención propone reconocer constitucionalmente a los pueblos originarios mediante un estado plurinacional, mientras una oposición cerrada acepta sólo “pluricultural”.

El territorio de Chile es uno más de aquellos que han sido habitados por diversas naciones y pueblos desde mucho antes de la instauración de los estados actuales y la Convención no ha hecho más que recordarlo, interpretarlo y proponer la consagración constitucional de la plurinacionalidad, por primera vez en la historia del país. Sin embargo, la derecha tradicionalista -autora de la Constitución de la dictadura- y otros sectores conservadores han reaccionado con malestar e incluso alarma ante la posibilidad que eso se haga realidad, por considerar que sus preceptos irían mucho más allá de lo multicultural o pluricultural supuestamente aceptable, además de obedecer, agregan, a un afán “indigenista”, afectar el derecho de propiedad y la igualdad ante la ley e implicar hasta un riesgo de secesión territorial. Así lo han reiterado una y otra vez, en alta voz, miembros y adherentes a través de los principales medios de comunicación y las redes sociales, pese a que respetables académicos y estudiosos del proceso constituyente han desechado tales prejuicios.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, el gobierno chileno envió tropas a la región indígena más poblada, el centro-sur conocido como la Araucanía –inicialmente con unos 100 mil mapuches, según se estima-, ocupó la zona y destinó a su población nativa a reducciones, mientras una parte de ésta se veía obligada a emigrar, incluso a la vecina Argentina. Hoy, la macrozona sur, como se le llama regularmente, o Wallmapu se ha convertido en escenario tanto de reivindicaciones étnicas como de violencia extrema, grave conflicto que autoridades de distinto signo político no han conseguido siquiera aclarar, limitándose la discusión, hasta ahora, a mantener o no allí un estado de excepción constitucional.

En Chile, poco más de dos millones 185 mil habitantes, el 12,8 por ciento de la población, se declararon pertenecientes a una etnia originaria en el censo nacional de 2017.

La Constitución de 1980 -que quedaría derogada si la opción “Apruebo” triunfa en el plebiscito de salida del 4 de septiembre próximo- no menciona a los primeros pueblos y tampoco lo hacen sus reformas posteriores, pero el gobierno de Patricio Aylwin abordó el tema mediante la Ley Indígena de 1993 y sucesivos tratados internacionales de derechos humanos suscritos por el país han servido también como antecedentes e insumos para la elaboración de la propuesta constituyente en esta materia.

Muchas naciones, un solo estado

Al consagrar, primero, que “Chile es un Estado social y democrático de derecho” y enseguida que “es plurinacional, intercultural y ecológico”, el texto redactado por la Convención Constitucional parte por reconocer la coexistencia de diversas naciones y pueblos en el territorio nacional, siempre “en el marco de la unidad del Estado”. Es así que, enumerados en el proyecto, se les otorga una serie de derechos y garantías para el ejercicio de sus políticas y costumbres ancestrales, comenzando por la autonomía y el autogobierno, y especialmente el derecho a sus tierras, territorios y recursos. Así también, se reconoce sus instituciones, jurisdicciones y autoridades propias o tradicionales, y el derecho a la propia cultura, a la identidad y cosmovisión, y al patrimonio y la lengua. Prohíbe, en consecuencia, la asimilación forzada o la destrucción de sus culturas.

Se crea, asimismo, las Autonomías Territoriales Indígenas, que habilitan el ejercicio de esos derechos en coordinación con las demás entidades territoriales que integran el nuevo Estado Regional.

Mediante el denominado pluralismo jurídico, en tanto, se reconoce los sistemas jurídicos indígenas, los que, en virtud del derecho a la libre determinación, coexistirán, agrega la norma, coordinados en un plano de igualdad con el nuevo Sistema Nacional de Justicia. Igualmente ocurre con la autonomía para desarrollar establecimientos e instituciones educacionales según sus costumbres y cultura, respetando los fines y principios de la educación y dentro de los marcos del Sistema Nacional de Educación establecidos por la ley.

Así también se establece que el Congreso de Diputadas y Diputados y la Cámara de las Regiones –el nuevo Poder Legislativo- son instituciones plurinacionales y que las naciones y pueblos originarios dispondrán en ellas, como en la Convención, de escaños reservados, y también en los concejos municipales, y que esa población tendrá derecho además a presentar iniciativas indígenas de ley.

Presentación personal

El articulado descrito atraviesa originalmente distintos capítulos de la propuesta. La comisión final de Armonización se está encargando precisamente del ajuste general del texto, antes de que éste sea presentado al país el próximo 4 de julio. En consecuencia, por tratarse todavía de un borrador sujeto a dicho proceso -el que contempla incluso la reducción del número de artículos-, se presenta a continuación una selección y reordenamiento realizado en forma personal, con algunos subtítulos añadidos, en un intento por dar una secuencia determinada al contenido, simplemente a manera de información.

Lo señalado:

Estado plurinacional y libre determinación de los pueblos

Estado. Chile es un Estado social y democrático de derecho. Es plurinacional, intercultural y ecológico.

Chile es un Estado Plurinacional e Intercultural que reconoce la coexistencia de diversas naciones y pueblos en el marco de la unidad del Estado. Son pueblos y naciones indígenas preexistentes los Mapuche, Aymara, Rapa Nui, Lickanantay, Quechua, Colla, Diaguita, Chango, Kawashkar, Yaghan, Selk’nam y otros que puedan ser reconocidos en la forma que establezca la ley.

Los pueblos y naciones indígenas preexistentes y sus miembros, en virtud de su libre determinación, tienen derecho al pleno ejercicio de sus derechos colectivos e individuales.

En especial, tienen derecho a la autonomía y al autogobierno, a su propia cultura, a la identidad y cosmovisión, al patrimonio y la lengua, al reconocimiento de sus tierras, territorios, la protección del territorio marítimo, de la naturaleza en su dimensión material e inmaterial y al especial vínculo que mantienen con éstos, a la cooperación e integración, al reconocimiento de sus instituciones, jurisdicciones y autoridades propias o tradicionales y a participar plenamente, si así lo desean, en la vida política, económica, social y cultural del Estado.

Es deber del Estado Plurinacional respetar, garantizar y promover con participación de los pueblos y naciones indígenas, el ejercicio de la libre determinación y de los derechos colectivos e individuales de que son titulares.

En cumplimiento de lo anterior, el Estado debe garantizar la efectiva participación de los pueblos indígenas en el ejercicio y distribución del poder, incorporando su representación en la estructura del Estado, sus órganos e instituciones, así como su representación política en órganos de elección popular a nivel local, regional y nacional. Junto con ello, garantizará el diálogo intercultural en el ejercicio de las funciones públicas, creando institucionalidad y promoviendo políticas públicas que favorezcan el reconocimiento y comprensión de la diversidad étnica y cultural de los pueblos y naciones indígenas preexistentes al Estado.

Titularidad de los derechos. (…) Los Pueblos y Naciones Indígenas son titulares de derechos fundamentales colectivos.

Estado regional

Del Estado Regional. Chile es un Estado Regional, plurinacional e intercultural conformado por entidades territoriales autónomas, en un marco de equidad y solidaridad entre todas ellas, preservando la unidad e integridad del Estado.

De la Plurinacionalidad e interculturalidad en el Estado Regional. Las entidades territoriales y sus órganos reconocen, garantizan y promueven en todo su actuar el reconocimiento político y jurídico de los pueblos y naciones preexistentes al Estado que habitan sus territorios; su supervivencia, existencia y desarrollo armónico e integral; la distribución equitativa del poder y de los espacios de participación política; el uso, reconocimiento y promoción de las lenguas indígenas que se hablan en ellas, propiciando el entendimiento intercultural, el respeto de formas diversas de ver, organizar y concebir el mundo y de relacionarse con la naturaleza; la protección y el respeto de los derechos de autodeterminación y de autonomía de los territorios indígenas, en coordinación con el resto de las entidades territoriales.

Los pueblos y naciones preexistentes al Estado deberán ser consultados y otorgarán el consentimiento libre, previo e informado en aquellas materias o asuntos que les afecten en sus derechos reconocidos en esta Constitución.

De las Autonomías Territoriales Indígenas. Las Autonomías Territoriales Indígenas son entidades territoriales dotadas de personalidad jurídica de derecho público y patrimonio propio, donde los pueblos y naciones indígenas ejercen derechos de autonomía, en coordinación con las demás entidades territoriales que integran el Estado Regional de conformidad a la Constitución y la ley. Es deber del Estado reconocer, promover y garantizar las Autonomías Territoriales Indígenas, para el cumplimiento de sus propios fines.

Derecho a las tierras, territorios y recursos. El Estado reconoce y garantiza conforme a la Constitución, el derecho de los pueblos y naciones indígenas a sus tierras, territorios y recursos.

La propiedad de las tierras indígenas goza de especial protección. El Estado establecerá instrumentos jurídicos eficaces para su catastro, regularización, demarcación, titulación, reparación y restitución.

La restitución constituye un mecanismo preferente de reparación, de utilidad pública e interés general.

Otros derechos

Conforme a la Constitución y la ley, los pueblos y naciones indígenas tienen derecho a utilizar los recursos que tradicionalmente han usado u ocupado, que se encuentran en sus territorios y sean indispensables para su existencia colectiva.

La Constitución reconoce a los pueblos y naciones indígenas el uso tradicional de las aguas situadas en autonomías territoriales indígenas o territorios indígenas. Es deber del Estado garantizar su protección, integridad y abastecimiento, en conformidad a la Constitución y la ley.

El Estado garantiza el derecho de campesinas, campesinos y pueblos originarios al libre uso e intercambio de semillas tradicionales.

Salud y educación

Derecho a la salud. (…) Los pueblos y naciones indígenas tienen derecho a sus propias medicinas tradicionales, a mantener sus prácticas de salud y a conservar los componentes naturales que las sustentan. El Sistema Nacional de Salud reconoce, protege e integra estas prácticas y conocimientos como también a quienes las imparten, en conformidad a esta Constitución y la ley.

Derecho a la educación. (…) La Constitución reconoce la autonomía de los pueblos originarios para desarrollar sus propios establecimientos e instituciones de conformidad a sus costumbres y cultura, respetando los fines y principios de la educación, y dentro de los marcos del Sistema Nacional de Educación establecidos por la ley.

Derecho a la consulta de los pueblos y naciones indígenas. Los pueblos y naciones indígenas tienen el derecho a ser consultados previamente a la adopción de medidas administrativas y legislativas que les afectasen. El Estado garantiza los medios para la efectiva participación de éstos, a través de sus instituciones representativas, de forma previa y libre, mediante procedimientos apropiados, informados y de buena fe.

Derecho a participar y beneficiarse de los conocimientos. (…) El Estado reconoce el derecho de los pueblos y naciones indígenas a preservar, revitalizar, desarrollar y transmitir los conocimientos tradicionales y saberes ancestrales y debe, en conjunto con ellos, adoptar medidas eficaces para garantizar su ejercicio.

De la asimilación forzada. Se prohíbe la asimilación forzada o destrucción de las culturas de los pueblos y naciones indígenas.

Patrimonios

Rol del Estado en el patrimonio cultural indígena. El Estado, en conjunto con los pueblos y naciones indígenas preexistentes, adoptará medidas positivas para la recuperación, revitalización y fortalecimiento del patrimonio cultural indígena.

Plurilingüismo. Chile es un Estado plurilingüe, su idioma oficial es el castellano y los idiomas de los pueblos indígenas serán oficiales en sus territorios y en zonas de alta densidad poblacional de cada pueblo indígena. El Estado promueve el conocimiento, revitalización, valoración y respeto de las lenguas indígenas de todos los pueblos del Estado Plurinacional.

Patrimonio Lingüístico. El Estado reconoce el carácter patrimonial constituido por las diferentes lenguas indígenas del territorio nacional, las que serán objeto de revitalización y protección, especialmente aquellas que tienen el carácter de vulnerables.

Identidad e integridad cultural. Los pueblos y naciones indígenas y sus miembros tienen derecho a la identidad e integridad cultural, y a que se reconozcan y respeten sus cosmovisiones, formas de vida e instituciones propias.

Emblemas

Son emblemas nacionales de Chile la bandera, el escudo y el himno nacional.

El Estado reconoce los símbolos y emblemas de los distintos pueblos indígenas.

Pluralismo jurídico

Plurinacionalidad, pluralismo jurídico e interculturalidad. La función jurisdiccional se define en su estructura, integración y procedimientos conforme a los principios de plurinacionalidad, pluralismo jurídico e interculturalidad.

Cuando se trate de personas indígenas, los tribunales y sus funcionarios deberán adoptar una perspectiva intercultural en el tratamiento y resolución de las materias de su competencia, tomando debidamente en consideración las costumbres, tradiciones, protocolos y los sistemas normativos de los pueblos indígenas, conforme a los tratados e instrumentos internacionales de derechos humanos de los que Chile es parte.

Pluralismo jurídico. El Estado reconoce los sistemas jurídicos de los Pueblos Indígenas, los que en virtud de su derecho a la libre determinación coexisten coordinados en un plano de igualdad con el Sistema Nacional de Justicia. Estos deberán respetar los derechos fundamentales que establece esta Constitución y los tratados e instrumentos internacionales sobre derechos humanos de los que Chile es parte. La ley determinará los mecanismos de coordinación, cooperación y de resolución de conflictos de competencia entre los sistemas jurídicos indígenas y las entidades estatales.

Elecciones

El Congreso de Diputadas y Diputados es un órgano deliberativo, paritario y plurinacional que representa al pueblo. Concurre a la formación de las leyes y ejerce las demás facultades encomendadas por la Constitución.

La Cámara de las Regiones es un órgano deliberativo, paritario y plurinacional de representación regional encargado de concurrir a la formación de las leyes de acuerdo regional y de ejercer las demás facultades encomendadas por esta Constitución.

Se establecerán escaños reservados para los pueblos y naciones indígenas en los órganos colegiados de representación popular a nivel nacional, regional y local, cuando corresponda y en proporción a la población indígena dentro del territorio electoral respectivo, aplicando criterios de paridad en sus resultados.

Los escaños reservados en el Congreso de Diputadas y Diputados para los pueblos y naciones indígenas serán elegidos en un distrito único nacional. Su número se definirá en forma proporcional a la población indígena en relación a la población total del país. Se deberán adicionar al número total de integrantes del Congreso.

Podrán votar por los escaños reservados para pueblos y naciones indígenas sólo los ciudadanos y ciudadanas que pertenezcan a dichos pueblos y naciones y que formen parte de un registro especial denominado Registro Electoral Indígena, que administrará el Servicio Electoral.

Dicho registro será construido por el Servicio Electoral sobre la base de los archivos que administren los órganos estatales, los que posean los pueblos y naciones indígenas sobre sus miembros y de las solicitudes de ciudadanos y ciudadanas que se autoidentifiquen como tales, en los términos que indique la ley.

Se creará un registro del pueblo tribal afrodescendiente chileno bajo las mismas reglas del presente artículo.

TEXTO DEL BORRADOR DE LA PROPUESTA CONSTITUYENTE

Julio Frank S.

Fuente principal: chileconvencion.cl

Imagen: Isabella Mamani, Elisa Loncon, Adolfo Millabur, Rosa Catrileo, Francisca Linconao, Natividad Llanquileo y Alexis Caiguan, en primera línea, y otros convencionales celebran la aprobación de derechos indígenas, 4-5-2022. Comunicaciones, chileconvencion.cl

18 de mayo de 2021

Primer punto para los independientes

Hubo menos votantes que en el plebiscito de 2020, pero les bastó para pulverizar todos los pronósticos y volcar inesperadamente el escenario político del país. Los independientes serán mayoría en la convención redactora de la nueva Constitución y han dejado en ascuas a dirigentes de partidos ante ése y otros desafíos.

El arrollador triunfo opositor liderado por los no militantes en la elección de convencionales constituyentes durante el reciente fin de semana apagó, además, varias controversias que habían acompañado al proceso diseñado a partir del “Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución” de 2019.

Selló la discusión, por ejemplo, sobre la llamada “hoja en blanco”, que implica en teoría la posibilidad de desahuciar totalmente la Constitución de Pinochet, reformada y firmada por Ricardo Lagos en 2005. También disipó la polémica por los dos tercios como quórum general para la aprobación de los acuerdos constituyentes: la derecha defensora no alcanzó siquiera un cuarto y dejó su carta preferida a merced de la oposición, aunque no se prevé todavía cómo se agrupará ésta en torno a su mayoría.

Y las habituales quejas por las correcciones introducidas por el sistema electoral, que da preferencia a las listas y a las colectividades legales, así como las aportadas por la paridad de género y los escaños reservados a etnias, también desaparecieron bajo la contundente decisión de la mayoría ciudadana, incluyendo los reclamos por falta de transporte público en las horas previas al cierre de la votación.

Ante un pronunciamiento popular de tanta claridad y elocuencia, dichos obstáculos terminaron por ceder e incluso pareció olvidarse por algunas horas los altos contagios por la pandemia. 

La Asamblea Constituyente, en estas circunstancias, no se echó de menos.

Perdedores

Perdió el gobierno, perdieron los políticos, pero no han perdido, sin embargo, los medios informativos y de opinión predominantes, que han evitado difundir el proceso constituyente como corresponde a su trascendencia y que sólo ahora parecen preocuparse –aunque no en exceso, en realidad- por el verdadero alcance que éste pueda tener.

Los medios de comunicación mejor dotados empresarial, logística y financieramente tendrían que mantener, como ese fin de semana histórico, su “completa cobertura informativa”, que incluya no sólo el reporte de noticias, comentarios a secas y actividades oficiales, sino también lo que han regateado hasta ahora: orientación sobre un proceso político inédito y desconocido popularmente, en particular sobre las reglas y forma de funcionamiento de la Convención Constitucional, como también un debate amplio, equitativo y pluralista sobre las ideas y propuestas de fondo, la materia prima de un proceso constituyente. Al menos, para que no se note tanto que no se sienten cómodos con lo que la ciudadanía está demandando en las urnas.

Y que las tendencias de las llamadas redes sociales -sobre todo Twitter- no se vuelquen sobre esta temática sólo al final. Eso ya lo han hecho los medios tradicionales.

Dar un abrupto corte a la derecha y su institucionalidad pinochetista para inclinarse hacia la izquierda pasando por sobre la ex Concertación y en condiciones adversas es una hazaña histórica. Pero la historia no se detiene y ahora los triunfadores tendrán que conformar una fuerza constituyente capaz de conducir nada menos que hacia una Carta Fundamental auténticamente democrática…

Julio Frank S.

Imagen: Votos emitidos en la elección de convencionales constituyentes, Santiago, 16-5-2021. J.F.S.

15 de mayo de 2021

Un proceso constituyente accidentado, silencioso y discriminado quiere seguir haciendo historia

Bajo una pandemia contraria a la participación social masiva, políticos cautelosos de su poder, un gran empresariado asentado en sus privilegios y medios dominantes negando o restringiendo información, más de 14 millones de chilenos y chilenas están llamados este fin de semana a cuatro elecciones, una de ellas, la de convencionales constituyentes, que sí podría cambiar el curso del país.

En noviembre de 2019, la dirigencia política se veía entre la espada y la pared. O reprimía abiertamente la revuelta popular recurriendo al Estado de Sitio o accedía a lo que se escribía en las calles y llamaba a una nueva Constitución.

Tras imponerse esto último, pareció que la protesta social lograba por fin un triunfo permanente y total, pero el llamado “Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución” se encargó de enrielarla en la política del “consenso” que había regido desde la derrota de Pinochet en el plebiscito de 1988 con el fin de preservar las bases fundamentales impuestas por la dictadura.

Si bien la derecha tuvo que rendirse ante la “hoja en blanco” que recibirían los futuros constituyentes, obligó a su contraparte a aceptar el quórum de dos tercios, que había impedido los cambios constitucionales de fondo, para la aprobación de todos los trascendentales acuerdos de los redactores de la nueva Carta Magna. Tampoco sería posible alterar los tratados internacionales vigentes a la fecha y suscritos por el país, y los dirigentes sociales tampoco podrían ser candidatos en tal condición.

El órgano redactor no se llamaría por motivo alguno “Asamblea Constituyente”, sino simplemente “Convención Constitucional”, sobre lo que no hubo esta vez mayor resistencia de parte de la oposición. No firmó el Partido Comunista -que incluso presentó después un proyecto de reforma al proceso constituyente, no admitido- y había desaparecido ya la “bancada AC”.

La denominación, por lo tanto, no fue un simple detalle, pues definió lo clave que podía definir acerca del histórico proceso que se iniciaba, antes de la pandemia que sobrevendría y que inhibiría las manifestaciones callejeras. Tras desecharse el concepto de una Asamblea Constituyente que reflejara universalidad y centro en la base social, se consagró una Convención Constitucional que, si bien totalmente elegida, como decidió después una abrumadora mayoría ciudadana, quedó bajo las reglas básicas para la generación de la Cámara de Diputados.

La incorporación de la paridad de género y escaños reservados a pueblos originarios –un enorme aporte democrático, sin duda- así como el levantamiento de algunas desigualdades contra los candidatos independientes terminaron con la discusión de si Convención o Asamblea y evitaron, junto al resto de las disposiciones legales aprobadas enseguida, que el inédito proceso político-social escapara del dominio de la “clase” dirigente y de su par empresarial aferrado a la economía transnacional.

No fue modificado el sistema electoral, que favorece a las listas más votadas, con riesgo para las mayorías individuales, y a los pactos entre partidos políticos por sobre los aspirantes independientes.

A su vez, las nuevas leyes sobre independientes y escaños reservados a etnias fueron promulgadas sólo el mes anterior al cierre de las inscripciones, retrasando trámites y campañas de los interesados.

Medios poco informativos

No obstante ser más indispensables que nunca debido a la pandemia, los medios de comunicación dominantes (grandes cadenas de radio, diarios y televisión abierta), afines al sistema neoliberal impuesto, han mezquinado a sus audiencias información, orientación y debate amplio, equitativo y pluralista sobre el verdadero alcance de este proceso, desconocido popularmente en la historia del país, con excepciones sesgadas y ligadas al derrotado Rechazo; o bien lo han desviado, omitido o reducido a círculos pequeños o selectos. Inequívocamente, tampoco les gusta la idea de cambiar reglas constitucionales que les han favorecido, prefiriendo ofrecer “la más amplia cobertura informativa” limitada una vez más al trámite electoral, el espectáculo masivo y las disputas entre “presidenciables”.

Y las tendencias de las llamadas redes sociales -sobre todo la más política, Twitter-, tan determinantes en otros temas, tampoco pudieron librarse de eso en las semanas previas.

Buscando la hazaña

Así, en cuarentena durante más de un año, apremiado laboral y económicamente, temeroso de nuevos contagios, con poca información política fuera de la oficial, sin campañas callejeras, nula orientación mediática salvo lo rescatable de la franja televisiva obligatoria, con candidatos independientes faltos de recursos necesarios y dos fechas postergadas (del plebiscito y la elección de constituyentes), el electorado chileno está convocado nuevamente a las urnas este sábado y domingo.

Inducidos al individualismo durante 30 años por sus propios elegidos y adicionalmente ahora por un virus, los votantes que aspiran a algo más que seguridad sanitaria tendrán que recordar sus pasados cabildos, marchas y protestas y seguir digitando páginas y páginas web tratando de superar no sólo la adversidad y el aislamiento sanitarios, sino también la pobreza y la discriminación informativas mediáticas, para tener a la vista y escuchar a los candidatos como corresponde a un proceso constituyente y llegar relativamente preparados para trazar la raya sobre un voto en particular, el de color beige, el que promete ayudarles a seguir cambiando la historia de este país.

Julio Frank Salgado

Imagen: Grafiti, Vespucio Sur, Santiago, 3-10-2020. Foto: J.F.S.

2 de abril de 2019

País pinochetizado (II)

El “profundo cambio de mentalidad” de los chilenos, dirigido hacia el esfuerzo individual como “única herramienta válida” de libertad y progreso, fue la gran realización de su gobierno, dijo Pinochet. “Dedíquense a trabajar y no se metan en política”, en otras palabras. Cómo negarlo, si la lucha por la subsistencia diaria y la prosperidad personal ha relegado ideales e intentos colectivos, y dado a la democracia un fin utilitario, plutocrático y rutinario. Y ha conquistado, además, la admiración internacional.

¿Cuál fue la gran “realización” de la dictadura chilena, superior incluso a su visión económica e institucionalidad inexpugnable?

Hace 30 años, perdido el plebiscito y resignado a tener que irse del gobierno, Augusto Pinochet fue entrevistado por el periodista Luciano Vásquez, quien le incluyó, como hizo con otros líderes políticos de entonces, en su libro “Transición a la chilena” (1989). Tras enfatizar allí el dictador que sólo se había esfumado su posibilidad de regir por ocho años más y que su obra no había estado en juego, su evaluación general fue más allá de los resultados que eran evidentes para alcanzar una proyección cultural: se había logrado un “profundo cambio de mentalidad” en los chilenos, quienes tomaron conciencia, agregó, de que el trabajo y el esfuerzo individuales eran las “únicas herramientas válidas” para progresar “en libertad”.

Rodeado y dejándose influir por reconocidos expertos en el modelo económico neoliberal y el blindado sistema institucional neoconservador, en el área de su exclusivo dominio Pinochet impuso lo propio: liderazgo sin competencia y mando armado. Tenía, por lo tanto, algo elemental que exigir a todos: obediencia directa, primero, y acatamiento de su obra cuando ya no mandara.

Y esto, en definitiva, en mayor o menor grado, de buena o mala gana, es lo que se ha podido observar entre sus compatriotas desde que terminó de dictar.

Cambio de mentalidad política

Pinochet encargó el manejo del poder político y la responsabilidad sobre la estabilidad de lo obrado a una elite (“clase política”) cuyo ideario original se daba ya por obsoleto y estaba dispuesta a asumir las nuevas reglas con tareas que, por ello, implicaban más bien una administración. Debía, en el fondo, cogobernar con los nuevos “hombres fuertes” del sistema: antiguos capitalistas sumados a magnates recién enriquecidos, fortalecidos adicionalmente como conglomerados económicos nacionales y transnacionales (los “ricos”).

Ante las nuevas circunstancias, los partidos de la centroizquierda y la izquierda “renovada” chilenas, históricamente opositores a la dictadura, sorprendieron a los diseñadores del modelo y a la ciudadanía que votó por ellos demostrando que podían subsistir y aun prosperar partidariamente bajo una institucionalidad dudosa y hermética, antagónica con las ideas propias, contraria a la democracia participativa y heredada de un dictador derechista.

Rechazaron al creador, pero acataron lo creado.

Así, Aylwin (acérrimo opositor a Allende) reconoció que habría democracia sólo “en la medida de lo posible”; Frei Ruiz-Tagle (cuyo padre y ex Presidente fue muerto durante la dictadura, según la investigación judicial) continuó la privatización de recursos naturales iniciada por Pinochet; Lagos (ya famoso por su “dedo acusador” contra el dictador por televisión) declaró “democrática” la Constitución pinochetista reformada parcialmente y terminó su mandato aplaudido por el gran empresariado; Bachelet (cuyo padre murió luego de ser torturado y ella misma fue torturada) pareció atreverse con un proyecto de nueva Constitución, pero prefirió su carrera internacional a aventurarse con algo que podía hacer tambalear la obra dictatorial: una asamblea constituyente.

No hubo aprensiones, por lo tanto, en la concesión y entrega sistemática, total, exclusiva, preferente o mayoritaria del cobre, el mar territorial, el agua, la energía eléctrica, el empleo, la educación superior, la salud, la previsión, la prensa, la televisión y otros bienes nacionales y sectores de esa importancia y magnitud al imperio, laxamente reglamentado, e intereses específicos de los privados, particularmente los grandes consorcios multinacionales, depositarios del poder económico.

Dicho favoritismo no sólo se tradujo en una marcha preferentemente mercantil del país -no solamente de su economía-, sino también en una actitud clientelista para alimentarlo de parte de los propios encargados de establecer las nuevas normas. Las boletas “ideológicamente falsas” (por servicios no prestados) para el financiamiento de campañas electorales ha sido un recurso ilícito extendido en la política contingente, aunque admitido e investigado solamente durante los últimos años. El senador de la UDI Jaime Orpis, la punta del iceberg, fue desaforado y es enjuiciado por recibir dinero de empresas particularmente interesadas en la Ley de Pesca, que permite grandes concesiones marinas a un puñado de privilegiados solicitantes.

“Hay que ayudar a los ricos para que den más plata (dinero)”, sentenció el dictador en 1988. Y la “clase” política, amparada por la Constitución aludida, le acató transversalmente.

La política, el “arte” de conducir una nación, fue transformada en una función pragmática y un espectáculo farandulesco, y la elección de gobernantes, en un trámite rutinario y lo menos trascendente posible.

Cambio de mentalidad popular

La dictadura y sus ideólogos, sucesores y principales beneficiarios, en consecuencia, pudieron redirigir las aspiraciones y metas populares hacia lo personal, lo privado, de modo de obstruir y desincentivar el desarrollo de ideales colectivos y su promoción en la política y fuera de ella. Alejaron a la ciudadanía (el “pueblo”) de las utopías y proselitismo que habían sido erradicados para centrarla en su trabajo doméstico y el provecho propio, otorgando al consumo de carácter consumista un papel prioritario, seguido por la reducción de los derechos sociales a lo más cercano y directo, especialmente los afectos familiares, y por la manipulación de la delincuencia común, la sexualidad y la violencia intrafamiliar como herramienta de control.

Las masivas y periódicas protestas callejeras de la última década, que pusieron fin a un prolongado letargo político-social y parecieron atacar el sistema en algunos de sus pilares sacrosantos –especialmente la educación y la previsión privadas-, terminaron por afianzar involuntariamente lo que pretendían debilitar. Cientos de miles de personas marcharon con insistencia en 2011 exigiendo “educación pública gratuita y de calidad” -lográndolo sólo en forma parcial-, y otros tantos demandaron en 2016 “No más AFP (administradores privadas de los fondos previsionales)”, a las que acusaban de estafa. Sin embargo, otros cientos de miles y algo más, participando en la manifestación popular realmente vinculante, las elecciones, elevaron por segunda vez a la Presidencia a un empresario millonario, partidario de la educación privada y lucrativa, de más AFP y de la economía de mercado y transnacional como realidades inmutables (e incluso del derrocamiento de gobiernos socialistas en desgracia), aunque, en descargo de los perdedores y en favor del sistema, las alternativas concretas a él no eran diametralmente distintas.

Rechazan lo creado por el dictador, pero acatan a los políticos administradores.

Siguen intocables para los dirigentes sociales de mayor convocatoria, para sus bases, naturalmente, y para muchas de las ardientes, pero inorgánicas redes sociales virtuales, flagelos como el incontrarrestable influjo de las ambiciones transnacionales en la vida de los habitantes de este territorio, cada vez más sobreendeudados y aculturados por grupos económicos que lavan su imagen con espectáculos masivos a cambio de beneficios estatales, y permanentemente bajo la amenaza que un avance social aumentaría el desempleo y disminuiría la inversión privada; como la distorsión informativa mediática, que asemeja y confunde el periodismo con la publicidad, bajo la presión de los mismos consorcios cuyos dominantes medios de comunicación deciden diariamente qué ha de saber y cómo debe actuar la audiencia; como el temor de los conductores del país a encarar y debatir públicamente sobre los problemas más agudos de la sociedad chilena y tratar de resolverlos mediante un proceso político, popular, institucional, participativo y genuinamente democrático.

“Dedíquense a trabajar y no se metan en política” fue el radio de acción demarcado por Pinochet a sus connacionales. Y, en los hechos definitorios, éstos también le han obedecido. En su lucha por la subsistencia cotidiana y la prosperidad personal se impone una falsa noción de democracia, utilitaria, plutocrática y rutinaria, sin oportunidades para aspiraciones e ideales colectivos, lo que ha conquistado… la admiración internacional.

Julio Frank S.

Foto: Augusto Pinochet, Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile, commons.wikimedia.org

6 de diciembre de 2009

MARCAR EL VOTO PARA EXIGIR UNA ASAMBLEA CONSTITUYENTE


Marcar el voto significa escribir en él una consigna o leyenda junto con indicar la correspondiente preferencia por un candidato (como se muestra cada una de las imágenes).

Un voto así marcado es plenamente válido y debe ser otorgado al candidato indicado, ya que así lo establece la ley de votaciones populares y escrutinios vigente (Ley 18.700, artículo 71° número 5).

Marcar el voto es, por lo tanto, una acción legítima y LEGAL, y está destinada, en este caso, a exigir a las autoridades nacionales y dirigentes políticos un derecho humano y ciudadano básico que hasta ahora nos ha sido negado: una Constitución democrática.

Una Asamblea Constituyente es un organismo con representación proporcional de todos los sectores del país, autónomo y elegido por sufragio universal, cuya única finalidad es, precisamente, redactar una Constitución Política auténticamente democrática, que consagre todos nuestros derechos.

Un voto marcado, una vez escrutado, debe ser introducido por los integrantes de la mesa receptora en un sobre especial para votos “objetados” y debe quedar un registro acerca de su marca.

Los votos “objetados” NO son votos anulados; se les denomina así porque serán revisados por el Tribunal Calificador de Elecciones en caso que un candidato, ante un resultado estrecho, presente una reclamación.

Los votos no válidos, es decir, no otorgados a candidato alguno, son aquellos que contienen preferencias por más de un candidato (voto nulo) o no han indicado ninguno (voto en blanco) contengan o no consignas o leyendas.

Esta campaña es impulsada por el Comité de Iniciativa por una Asamblea Constituyente, movimiento cívico integrado por abogados de derechos humanos, otros profesionales, trabajadores y estudiantes, e inspirado por una campaña similar que derivó en una de las Constituciones más democráticas del mundo: la colombiana.

Marcando el voto con la frase asamblea constituyente o, simplemente, con las iniciales ac, estamos exigiendo una Constitución que nos represente y dé derechos a todos.

Julio Frank S.

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